martes, 20 de octubre de 2009

B/N

Allí estaba ella, en el centro de la pista, la namberuan, la que acaparaba todas las miradas, y no siempre de admiración. Durante todos estos años había aprendido perfectamente a subirse la falda y a bajarse el escote mientras bailaba y se contorneaba de forma sensual, sin que esa especie de ritual obsceno sumara ni una pizca de vulgaridad a las reuniones de buitres nocturnos a las que acudía con cada vez más asiduidad. Le importaba un bledo lo que pensaran de ella, si iba guapa o fea, si vestía o no a la moda o si las patas de gallo comenzaban a asomarse de forma poco decorosa al balcón de sus ojos tristes. O quizás esto último sí que le importaba un poco porque, sin querer, cada vez que veía en la tele anuncios de mujeres de rostro aterciopelado una mueca desdibujaba su cara y convertía su sonrisa es una especie mohín descarnado. Pero Juana había decidido no sufrir por nada. Ya no. Ya no tocaba. Lo malo había pasado y la época de llorar hasta quedarse seca la había dejado descansando para siempre debajo de la almohada.
Juana era todo o nada. Un matiz en blanco y negro. La margarita del sí y el no en un parque sin columpios.

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