viernes, 27 de noviembre de 2009

(...).

Sé que me encontrarás. Y no será bajándome el escote ni subiéndome la falda. Tampoco bebiendo hasta el amanecer o entre sábanas de trago amargo. No sé cuando será. Quizás no ahora. Ni aquí. Quizás entre dos briznas de sol o en una ciénaga de besos. No lo sé. Volveré a esos bares y volveré a ponerme las manos en la cara, presionando ligeramente hacia los extremos, cuando vea en las revistas los rostros aterciopelados. Pero nada de eso me importará cuando me encuentres. En un pantano de pecas perdidas. En un pozo de abrazos sin fondo. Allí estaré. Sin más. Con un abrigo color vino que beberás despacio. Hasta que no quede poso. Sólo dos almas. Perdidas y encontradas.

L.

No me gustan los diminutivos. Sobre todo el de mi nombre.

24h

No sabía por qué pero le gustaba pasar por allí y ver la luz siempre encendida. Sólo era una farmacia. 24 horas. A veces paraba a media noche. No compraba nada, sólo se quedaba quieta, con la mirada fija en el cristal que la separaba del otro lado. Y miraba. Sin mover la cabeza. Los ojos repasaban los estantes blancos, recién pintados. Izquierda, derecha. Arriba, abajo. Y volvía a repetir la misma operación, en sentido contrario. Derecha, izquierda. Abajo, arriba. ¿Deseas alguna cosa? Entonces los ojos se encontraban a un lado y otro del cristal, pero los suyos nunca respondían. Entonces se iba. Hasta que volvía a sentirse sola.

domingo, 22 de noviembre de 2009

""...¿?¡!

Una vez en casa, y con el gin tonic sujeto en equilibrio entre los dedos índice y pulgar, comenzó a pensar en si lo suyo había sido un punto o una coma. O quizás un punto y coma seguido de nuevas frases, con nuevos sujetos y algún que otro complemento circunstancial. De lugar y de modo. De lugar, porque siempre había sido aquí o allí, quizás en alguna otra parte. De modo, porque casi siempre era así o de esta manera. Como él quería. Pero a ella ya no le apetecía formar parte de esa oración compuesta, y mucho menos si se veía inmersa en un caos de verbos copulativos. Para otros, los complementos. Ahora prefería una oración simple, sin puntos suspensivos y con sustantivos concretos, que los abstractos ya se los conocía y eran carne de psiquiatra. Odiaba las comillas, las negritas las cursivas y todo aquello que la subrayara como sujeto pasivo. No le importaba estar encima o debajo, pero necesitaba ser el punto que cerrara, de una vez por todas, el relato incompleto de un montón de frases enunciativas que habían perdido cualquier atisbo de carga emotiva. Adiós a los interrogantes, bienvenidas las exclamaciones. Y el punto y final, y la mayúscula de una nueva historia que comenzaba a escribir con sabor a tónica y ginebra.

sábado, 21 de noviembre de 2009

5+1

Vistas desde arriba, las butacas parecían algo así como una colmena. El espacio vacio entre una y otra formaba una suerte de extraña forma hexagonal que invitaba a imaginar la vida de las abejas. El rojo aterciopelado acariciaba, además, el sueño provocado por el zumbido del pensamiento. Y sólo tenía que dejarse llevar. Sentado, allí, entre tantas ausencias, podía soñar lo que le diera la real gana. Podía ser una abeja y podía no ser nada. Sintió un extraño hormigueo en las piernas y un agudo dolor en la espalda, a la altura de los omoplatos. Notó un crujido entre la clavícula y el húmero y, de repente, comenzó a volar. Sus ojos no eran sus ojos, pero podía ver desde allí arriba el escenario. Los músicos, colocando frenéticamente los instrumentos en el escenario; el vestido negro de la diva que luchaba contra las arrugas de una tela imposible; el hombre del traje azul que soñaba con la oportunidad que nunca tuvo... Y también podía escuchar. Todo. Los instrumentos afinando sus voces, las pequeñas arrugas del vestido negro de la diva que luchaban por protagonizar el roce del interior de sus muslos, los pasos inquietos del hombre intentando no perderse bajo la luz cegadora de los focos... Podía sentir, oler todos aquellos perfumes que copulaban en una especie de orgía embriagadora. Y ya no fue más él. Escogió uno de esos espacios hexagonales. Cerró lo que no eran sus ojos y se quedó dormido en esa especie de colmena roja aterciopelada.

domingo, 1 de noviembre de 2009

13/8/2010

Harta del consumo rápido de cuerpos y sentimientos. Harta de poner fecha de caducidad a la piel, a los poros y al alma.
Tengo dos yogures en la nevera. También caducados. A la basura. A la basura con todo.