sábado, 21 de noviembre de 2009

5+1

Vistas desde arriba, las butacas parecían algo así como una colmena. El espacio vacio entre una y otra formaba una suerte de extraña forma hexagonal que invitaba a imaginar la vida de las abejas. El rojo aterciopelado acariciaba, además, el sueño provocado por el zumbido del pensamiento. Y sólo tenía que dejarse llevar. Sentado, allí, entre tantas ausencias, podía soñar lo que le diera la real gana. Podía ser una abeja y podía no ser nada. Sintió un extraño hormigueo en las piernas y un agudo dolor en la espalda, a la altura de los omoplatos. Notó un crujido entre la clavícula y el húmero y, de repente, comenzó a volar. Sus ojos no eran sus ojos, pero podía ver desde allí arriba el escenario. Los músicos, colocando frenéticamente los instrumentos en el escenario; el vestido negro de la diva que luchaba contra las arrugas de una tela imposible; el hombre del traje azul que soñaba con la oportunidad que nunca tuvo... Y también podía escuchar. Todo. Los instrumentos afinando sus voces, las pequeñas arrugas del vestido negro de la diva que luchaban por protagonizar el roce del interior de sus muslos, los pasos inquietos del hombre intentando no perderse bajo la luz cegadora de los focos... Podía sentir, oler todos aquellos perfumes que copulaban en una especie de orgía embriagadora. Y ya no fue más él. Escogió uno de esos espacios hexagonales. Cerró lo que no eran sus ojos y se quedó dormido en esa especie de colmena roja aterciopelada.

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