Una vez en casa, y con el gin tonic sujeto en equilibrio entre los dedos índice y pulgar, comenzó a pensar en si lo suyo había sido un punto o una coma. O quizás un punto y coma seguido de nuevas frases, con nuevos sujetos y algún que otro complemento circunstancial. De lugar y de modo. De lugar, porque siempre había sido aquí o allí, quizás en alguna otra parte. De modo, porque casi siempre era así o de esta manera. Como él quería. Pero a ella ya no le apetecía formar parte de esa oración compuesta, y mucho menos si se veía inmersa en un caos de verbos copulativos. Para otros, los complementos. Ahora prefería una oración simple, sin puntos suspensivos y con sustantivos concretos, que los abstractos ya se los conocía y eran carne de psiquiatra. Odiaba las comillas, las negritas las cursivas y todo aquello que la subrayara como sujeto pasivo. No le importaba estar encima o debajo, pero necesitaba ser el punto que cerrara, de una vez por todas, el relato incompleto de un montón de frases enunciativas que habían perdido cualquier atisbo de carga emotiva. Adiós a los interrogantes, bienvenidas las exclamaciones. Y el punto y final, y la mayúscula de una nueva historia que comenzaba a escribir con sabor a tónica y ginebra.
domingo, 22 de noviembre de 2009
""...¿?¡!
Una vez en casa, y con el gin tonic sujeto en equilibrio entre los dedos índice y pulgar, comenzó a pensar en si lo suyo había sido un punto o una coma. O quizás un punto y coma seguido de nuevas frases, con nuevos sujetos y algún que otro complemento circunstancial. De lugar y de modo. De lugar, porque siempre había sido aquí o allí, quizás en alguna otra parte. De modo, porque casi siempre era así o de esta manera. Como él quería. Pero a ella ya no le apetecía formar parte de esa oración compuesta, y mucho menos si se veía inmersa en un caos de verbos copulativos. Para otros, los complementos. Ahora prefería una oración simple, sin puntos suspensivos y con sustantivos concretos, que los abstractos ya se los conocía y eran carne de psiquiatra. Odiaba las comillas, las negritas las cursivas y todo aquello que la subrayara como sujeto pasivo. No le importaba estar encima o debajo, pero necesitaba ser el punto que cerrara, de una vez por todas, el relato incompleto de un montón de frases enunciativas que habían perdido cualquier atisbo de carga emotiva. Adiós a los interrogantes, bienvenidas las exclamaciones. Y el punto y final, y la mayúscula de una nueva historia que comenzaba a escribir con sabor a tónica y ginebra.
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