martes, 8 de diciembre de 2009
viernes, 27 de noviembre de 2009
(...).
Sé que me
encontrarás. Y no será bajándome el escote ni subiéndome la falda. Tampoco bebiendo hasta el amanecer o entre sábanas de trago amargo. No sé cuando será. Quizás no ahora. Ni aquí. Quizás entre dos briznas de sol o en una ciénaga de besos. No lo sé. Volveré a esos bares y volveré a ponerme las manos en la cara, presionando ligeramente hacia los extremos, cuando vea en las revistas los rostros aterciopelados. Pero nada de eso me importará cuando me encuentres. En un pantano de pecas perdidas. En un pozo de abrazos sin fondo. Allí estaré. Sin más. Con un abrigo color vino que beberás despacio. Hasta que no quede poso. Sólo dos almas. Perdidas y encontradas.
encontrarás. Y no será bajándome el escote ni subiéndome la falda. Tampoco bebiendo hasta el amanecer o entre sábanas de trago amargo. No sé cuando será. Quizás no ahora. Ni aquí. Quizás entre dos briznas de sol o en una ciénaga de besos. No lo sé. Volveré a esos bares y volveré a ponerme las manos en la cara, presionando ligeramente hacia los extremos, cuando vea en las revistas los rostros aterciopelados. Pero nada de eso me importará cuando me encuentres. En un pantano de pecas perdidas. En un pozo de abrazos sin fondo. Allí estaré. Sin más. Con un abrigo color vino que beberás despacio. Hasta que no quede poso. Sólo dos almas. Perdidas y encontradas.
24h
No sabía por qué pero le gustaba pasar por allí y ver la luz siempre encendida. Sólo era una farmacia. 24 horas. A veces paraba a media noche. No compraba nada, sólo se quedaba quieta, con la mirada fija en el cristal que la separaba del otro lado. Y miraba. Sin mover la cabeza. Los ojos repasaban los estantes blancos, recién pintados. Izquierda, derecha. Arriba, abajo. Y volvía a repetir la misma operación, en sentido contrario. Derecha, izquierda. Abajo, arriba. ¿Deseas alguna cosa? Entonces los ojos se encontraban a un lado y otro del cristal, pero los suyos nunca respondían. Entonces se iba. Hasta que volvía a sentirse sola.
domingo, 22 de noviembre de 2009
""...¿?¡!
Una vez en casa, y con el gin tonic sujeto en equilibrio entre los dedos índice y pulgar, comenzó a pensar en si lo suyo había sido un punto o una coma. O quizás un punto y coma seguido de nuevas frases, con nuevos sujetos y algún que otro complemento circunstancial. De lugar y de modo. De lugar, porque siempre había sido aquí o allí, quizás en alguna otra parte. De modo, porque casi siempre era así o de esta manera. Como él quería. Pero a ella ya no le apetecía formar parte de esa oración compuesta, y mucho menos si se veía inmersa en un caos de verbos copulativos. Para otros, los complementos. Ahora prefería una oración simple, sin puntos suspensivos y con sustantivos concretos, que los abstractos ya se los conocía y eran carne de psiquiatra. Odiaba las comillas, las negritas las cursivas y todo aquello que la subrayara como sujeto pasivo. No le importaba estar encima o debajo, pero necesitaba ser el punto que cerrara, de una vez por todas, el relato incompleto de un montón de frases enunciativas que habían perdido cualquier atisbo de carga emotiva. Adiós a los interrogantes, bienvenidas las exclamaciones. Y el punto y final, y la mayúscula de una nueva historia que comenzaba a escribir con sabor a tónica y ginebra.
sábado, 21 de noviembre de 2009
5+1
Vistas desde arriba, las butacas parecían algo así como una colmena. El espacio vacio entre una y otra formaba una suerte de extraña forma hexagonal que invitaba a imaginar la vida de las abejas. El rojo aterciopelado acariciaba, además, el sueño provocado por el zumbido del pensamiento. Y sólo tenía que dejarse llevar. Sentado, allí, entre tantas ausencias, podía soñar lo que le diera la real gana. Podía ser una abeja y podía no ser nada. Sintió un extraño hormigueo en las piernas y un agudo dolor en la espalda, a la altura de los omoplatos. Notó un crujido entre la clavícula y el húmero y, de repente, comenzó a volar. Sus ojos no eran sus ojos, pero podía ver desde allí arriba el escenario. Los músicos, colocando frenéticamente los instrumentos en el escenario; el vestido negro de la diva que luchaba contra las arrugas de una tela imposible; el hombre del traje azul que soñaba con la oportunidad que nunca tuvo... Y también podía escuchar. Todo. Los instrumentos afinando sus voces, las pequeñas arrugas del vestido negro de la diva que luchaban por protagonizar el roce del interior de sus muslos, los pasos inquietos del hombre intentando no perderse bajo la luz cegadora de los focos... Podía sentir, oler todos aquellos perfumes que copulaban en una especie de orgía embriagadora. Y ya no fue más él. Escogió uno de esos espacios hexagonales. Cerró lo que no eran sus ojos y se quedó dormido en esa especie de colmena roja aterciopelada.
domingo, 1 de noviembre de 2009
13/8/2010
Harta del consumo rápido de cuerpos y sentimientos. Harta de poner fecha de caducidad a la piel, a los poros y al alma.
Tengo dos yogures en la nevera. También caducados. A la basura. A la basura con todo.
Tengo dos yogures en la nevera. También caducados. A la basura. A la basura con todo.
martes, 20 de octubre de 2009
B/N
Allí estaba ella, en el centro de la pista, la namberuan, la que acaparaba todas las miradas, y no siempre de admiración. Durante todos estos años había aprendido perfectamente a subirse la falda y a bajarse el escote mientras bailaba y se contorneaba de forma sensual, sin que esa especie de ritual obsceno sumara ni una pizca de vulgaridad a las reuniones de buitres nocturnos a las que acudía con cada vez más asiduidad. Le importaba un bledo lo que pensaran de ella, si iba guapa o fea, si vestía o no a la moda o si las patas de gallo comenzaban a asomarse de forma poco decorosa al balcón de sus ojos tristes. O quizás esto último sí que le importaba un poco porque, sin querer, cada vez que veía en la tele anuncios de mujeres de rostro aterciopelado una mueca desdibujaba su cara y convertía su sonrisa es una especie mohín descarnado. Pero Juana había decidido no sufrir por nada. Ya no. Ya no tocaba. Lo malo había pasado y la época de llorar hasta quedarse seca la había dejado descansando para siempre debajo de la almohada.
Juana era todo o nada. Un matiz en blanco y negro. La margarita del sí y el no en un parque sin columpios.
Juana era todo o nada. Un matiz en blanco y negro. La margarita del sí y el no en un parque sin columpios.
lunes, 19 de octubre de 2009
domingo, 11 de octubre de 2009
. y final
He vuelto. Ahí donde no pasa el tiempo y los mordiscos ya casi ni se sienten. He vuelto. Quizás te encuentre en la próxima esquina, allí donde olí tus pasos. Como un perro. He vuelto, pero he decidido no quedarme.
lunes, 21 de septiembre de 2009
historias mínimas
-Hola Juan. ¿Dónde vas?
-A vomitar.
Primera historia mínima suburbana.
Siguiendo bajo tierra, me cruzo con chico con cara pintada de tigre y camiseta de marinero. Sonrisa.
Segunda historia suburbana pequeña.
Me ha gustado mucho un tipo con un hierro en su pierna derecha. Mirada limpia.
Tercera historia suburbana íntima.
El día ha acabado en el metro. Antes, un gato negro se cruzó en mi camino. Suerte. Buena suerte.
Buscando la normalidad, me doy cuenta de que me siento irremediablemente atraida por la perfección de lo imperfecto. Rarezas. La mía propia.
La polilla vuelve a rondarme. No me da miedo. Me asusta no estar a la altura.
-A vomitar.
Primera historia mínima suburbana.
Siguiendo bajo tierra, me cruzo con chico con cara pintada de tigre y camiseta de marinero. Sonrisa.
Segunda historia suburbana pequeña.
Me ha gustado mucho un tipo con un hierro en su pierna derecha. Mirada limpia.
Tercera historia suburbana íntima.
El día ha acabado en el metro. Antes, un gato negro se cruzó en mi camino. Suerte. Buena suerte.
Buscando la normalidad, me doy cuenta de que me siento irremediablemente atraida por la perfección de lo imperfecto. Rarezas. La mía propia.
La polilla vuelve a rondarme. No me da miedo. Me asusta no estar a la altura.
domingo, 20 de septiembre de 2009
(des)encuentros
A mí, lo de comunicarme se me da fatal. Cuando quiero decir una cosa, acabo diciendo todo lo contrario. Normalmente, lo achaco a mi timidez, pero una cosa es ser tímida y la otra -muy distinta- es balbucear palabras sin sentido y parecer estúpida. O escupir historias que son disfraces de verdades no dichas. Y quedar como una idiota. O como una pedante relamida, lo cual es mucho peor.Más allá de lamentaciones inútiles, me gustaría llegar a una conclusión. Quizás las cosas serían mucho más sencillas si se dijeran sin rodeos. Oye, me gustas. Ya está. No quiero más tiritas anímicas. Aunque más allá de la verdad no dicha, estaría el miedo a la respuesta: pues tú a mí no. Pues vale. ¿Follamos?
El miedo al rechazo, o al abandono, quizás, me oculta tras la máscara de la incerteza, o de un "quizás" que a ciencia cierta sé que jamás se convertirá en un sí. A veces creo conocer la historia... aunque si así fuera no caería en lo mismo una y otra vez. Cuando pienso que las cosas son diferentes y que he aprendido, ahí está la pared que me espera inmaculada para un nuevo cabezazo. Será cuestión de no pensar. El no sentir se me hace más difícil.
viernes, 18 de septiembre de 2009
1
Se abre. Uno, dos. Y entonces canta. No sabe cómo. Abre la boca, bolitas de saliva saltan hacia al asfalto. Y lo pisa. Las huellas firman la necesidad del "yo estuve allí". Y se abraza el estómago. No sabe por qué, pero le gusta sentirse atrapada entre sus propios brazos. Uno, dos. Abre la boca y canta. Los dedos aprietan su cintura, a la altura de los riñones sus manos acarician su cuerpo abandonado en medio de un soplo de aire que llega de ninguna parte. Flota. Abre la boca y canta. Uno, dos... Los ojos cerrados. Verdes. Los brazos ahora en su garganta. La abraza. Acaricia con un dedo el lado derecho de su cuello. Blanco. De puntillas camina hacia ese lugar que desconoce. La mano izquierda aprieta la cara oculta de sus muslos. Blancos. Ausencia de pensamiento. De juicio. Suave brisa que desordena mechones de ceniza morena. Y canta. Sólo le falta la voz. Uno, dos... Dos dedos rozan el pecho y continúan su camino diagonal. La vertical y la horizontal buscan el cuerpo que desemboca en un mar de olas contenidas. Y canta. Uno, dos...
(...)
La casualidad se disfraza de misterio para escapar a la rutina, para hacernos creer que la realidad de estas cuatro paredes es algo más que un conglomerado de ladrillo y cemento.
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